La ambivalencia no hace vacaciones

Este verano decidí desconectar y no escribir demasiado, pero es difícil moverte por el mundo y no observar qué sucede con las madres, los bebés y la sociedad en la que vivimos. Quisiera contarles una de aquellas situaciones más que comunes pero que no dejan de sorprenderme por tantos mensajes como contenía sobre como interpreta la sociedad la crianza y el papel de las madres, el sentimiento de ambivalencia y como a veces confundimos roles.

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Imagen de Ksenia Makagonova para Unsplash.com

Es domingo de agosto y camino de la mano de mi hijo pequeño hacia la playa. Delante nuestro, va una mujer con un cochecito con un bebé y un niño de unos tres años, acompañada de un señor mayor que ella. De repente, el bebé, que no debe tener más de dos meses, empieza a llorar de forma desconsolada pero ellos continúan la marcha hacia la playa. La mujer comienza a impacientarse y dice en voz alta «La gente nos mira como diciendo «¿que le hacéis al niño?». Se siente juzgada por las miradas, pero es que el llanto de un bebé es un sonido insoportable concebido para movilizar las almas hacia él. Pero la madre y acompañante no se sienten interpelados por bebé, sino por las miradas de las señoras de la tienda de enfrente.

El niño seguía bramando y el abuelo le dijo "¡Ay, chico!! Es que tú sólo quieres brazos todo el día y esto no puede ser.». En ese momento se cruzan con otro señor conocido que les dice con sorna «¿Pero qué le hacéis al pobre niño?» Lo que faltaba. Pero la cosa continúa: el abuelo le responde con sorna también «que tiene una «bracitis» que ni te imaginas y nos toma el pelo a todos». Hala.

Bracitis.

Llegados al paseo marítimo, el señor indica a la chica que deja los trastos a la playa y viene a buscarla. El abuelo vuelve con la intención de llevarse el niño mayor con él, pero este se niega a dejar a su madre y, finalmente, él se queda con el bebé mientras la madre y el hijo mayor van hacia sus toallas.

El abuelo, en el paseo marítimo, pasea al bebé en brazos un buen rato, contradiciendo lo que él mismo decía, que no podía ser que todo el día quisiera brazos. La madre, en la playa, se baña con el hijo mayor y charla con conocidas. Al cabo de un buen rato, el abuelo aparece con el bebé, que aún no se ha dormido. La madre lo coge en brazos (¡por fin!) e intenta dormirlo sin éxito. Se sienta y lo arrulla un ratito, mientras el abuelo juega con el niño grande, pero pronto lo deja de nuevo en el cochecito.

Yo estoy leyendo en la toalla. Cuando levanto los ojos del libro y vuelvo a mirar hacia ellos, es el abuelo quien tiene el bebé en brazos de nuevo y la madre está en el agua, charlando con las vecinas. El abuelo vuelve a marcharse con el bebé en el cochecito por el paseo marítimo con la intención, imagino, de dormirlo. Será que se resiste porque tardan mucho en volver.

Me baño con mis hijos, paseamos por la playa… Finalmente, veo la madre dando el pecho al bebé.

¿A dónde quiero llegar?

Al fin y al cabo, la escena es un ejemplo claro de que no podemos criar en soledad, de que hacemos lo que podemos y de que nuestra familia nos ayuda de la mejor manera que sabe…

Pero no es eso lo que me indigna. No entiendo por qué tenemos necesidad de explicitar que el bebé tiene unas presuntas malas intenciones, que nos quiere manipular… cuando en realidad sabemos qué necesita exactamente y cómo dárselo.

Seguramente he hecho unos juicios de valor sin conocer qué hay detrás. Sin embargo, la impresión que me da todo es de cierto disgusto.

Disgusto porque veo una madre un poco saturada, que intenta lidiar con un posparto, con un bebé y otro niño pequeño que la reclaman constantemente, que seguramente tiene otra idea de las vacaciones y aprovecha cualquier momento para evadirse un poco y olvidar su rol de madre reciente, que tan absorbente es. Hay un hermano mayor que también reclama atención y quizás la madre se siente culpable por no darle y culpable para darle, con el corazón dividido.

Disgusto de sentir personas adultas otorgando unas cualidades negativas a un bebé que sólo reclama lo que le corresponde por derecho, sólo con la intención de quedar bien con un vecino y con las señoras de la mirada inquisitorial. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer y atender las necesidades de los bebés?

Tengo que decir que he sentido animadversión por el abuelo cuando dijo aquello de «bracitis» y que «les tomaba el pelo», pero hay que decir que ha sido la persona que más tiempo ha pasado piel con piel con el bebé esta mañana.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocer la ambivalencia y hablar de ella?

¿Por qué tenemos tendencia a rehuir el nuevo rol de madre por miedo a perder todos los demás?

¿Por qué no pedimos claramente lo que necesitamos?

¿Por qué las personas de nuestro entorno creen que saben exactamente lo que necesitamos mejor que nosotras mismas?

Y es que puede que la madre necesite huir un rato de tanta dependencia, los llantos, las cacas y los pañales y recordar que es mucho más que una madre. Y ESTÁ BIEN. No pasa nada porque así sea, seguramente después retomará a su bebé con más ganas y más alegría.

¡Y no pasa nada si no disfruta de la maternidad todo el tiempo! ESTÁ BIEN. La maternidad es dura, es poliédrica, de mil colores… Puedes pasar de sentir un amor inmenso por tu hija o hijo a querer perderla de vista un rato para recuperar la calma… ¿Y qué? Esto es la’ambivalencia. somos seres humanos, somos mamíferos y por eso mismo no estamos hechas para criar en soledad, sino en tribu.

El problema es si no disfruta. Entonces es necesario que sepa que es prioritario que ella esté bien para poder ocuparse bien de su bebé; que lo deseable para el buen desarrollo emocional del bebé es que ella esté con él durante el período de exogestació y más allá, pero es indispensable que disfrute de la relación de proximidad con el bebé; que puede aparcar todas las demás obligaciones y roles (¡no los abandonará en absoluto!) porque su entorno, su tribu, le ayudarán. Si no disfruta nada, sería bueno para ella y para el bebé tener una conversación sincera con una psicóloga perinatal que la pueda ayudar.

Es necesario que la tribu apoye a la madre en lo que ella necesite

En el posparto inmediato y tardío todos debemos reubicarnos en nuevos roles, incluso cuando no es el primer hijo, y esto lleva un tiempo, paciencia y esfuerzo por parte de todos, no sólo de la madre. Hace falta preguntarle qué necesita, qué le apetece, estar presentes y acompañarla en los buenos momentos y en los malos. De hecho, no será muy diferente de lo que necesita el bebé: comida, seguridad y contención emocional y física.

Me hubiera gustado decirle: «Con un portabebé podrías hacer vida social, coge a tu bebé y charla tanto como necesites, seguro que se duerme más pronto si tú estás contenta», o «se dormirá más rápido en el pecho, o con movimiento, ¿por qué no paseas con él por la playa?», o «¿Cómo estás? ¿cómo te sientes? ¿Te sientes suficientemente apoyada?" o "¡Cómo es de dura la maternidad, ¿verdad? Pero mira si te quiere que sólo te quiere a ti»…

Cierto es que a las mujeres en general nos cuesta pedir ayuda, seguramente debido a la expectativa social de superwoman y multitarea que nos lo impide. Y en medio de tantos sentimientos contradictorios no sabemos poner palabras a lo que necesitamos. A veces tampoco sabemos que necesitamos para que nuestro instinto lo tenemos dormido, amordazado por la cultura, el qué dirán y lo que esperan de nosotras.

Cierto es que a veces el entorno no sabe que ayudar implica que el otro reconozca que le ha sido de ayuda. Es decir, no vale ayudar como a nosotros nos va bien, sino ayudar en lo que el otro nos indique. No vale sacar al niño de los brazos de la madre para que pueda hacer el trabajo de la casa, sino hacer el trabajo de la casa para que la madre pueda disfrutar del cuidado del bebé, si así ella lo desea.

Y como sociedad, no vale empujar a las mujeres a volver al trabajo antes de que estén preparadas para dejar a sus bebés porque ya va siendo hora de que vuelvan a ser mujeres «independientes y modernas» y dejar a los bebés con otras personas, sino luchar por reconocer que con quien mejor está el bebé es con la madre y dándole apoyo a ella para que pueda cumplir este rol con alegría y satisfacción, si así lo desea y la hace feliz.

Por el bien de los bebés de hoy y los que vendrán, es necesario que como sociedad pongamos por delante su bienestar y el de las madres, que las madres aprendamos a disfrutar de nuestro rol de principal cuidadora manteniendo un equilibrio consciente y coherente con nuestros otros roles, que aprendamos a pedir ayuda y que nuestro entorno sepa cómo ayudarnos.

Cómo lo podemos hacer?

Las otras madres, hablando de su propia ambivalencia como un sentimiento inherente a la maternidad; el entorno directo, estando presente y ayudando de verdad a la madre en lo que necesita. La sociedad, no haciendo gracietas absurdas sobre las necesidades de los bebés sino reconociendo el papel insustituible de las madres.

Nuestra sociedad debe recordar que cuidar a los que cuidan, para que puedan cuidar bien es una prioridad para tener una sociedad más sana. Cuidemos a las madres.

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